La medianoche llegó con una brisa espesa y pesada. Dante esperaba en los túneles, como había prometido. La vela en su mano proyectaba sombras irregulares en las paredes de piedra húmeda. Cada paso, cada crujido del suelo, resonaba como una amenaza.
Cuando Elena apareció, envuelta en su hábito, el rostro semicubierto, su expresión era de alguien que ya no temía… sino que buscaba.
—Estoy aquí —dijo en voz baja.
Dante asintió, sin tocarla.
—Te mereces saber la verdad.
Sacó un pequeño medallón de p