El otoño había llegado al pueblo y las hojas de los árboles que rodeaban la biblioteca estaban de un rojo intenso. Mateo caminaba por la acera con las manos en los bolsillos de su chaqueta, sintiendo el aire fresco en la cara. Ya no bajaba al sótano todos los días. Solo lo hacía dos o tres veces por semana, y cuando lo hacía ya no era para llorar, sino para contarle cómo había sido su día.
Empujó la puerta de la biblioteca y el olor a café y libros viejos lo recibió como un abrazo. Sara estaba