Mateo no durmió esa noche. La carta de Valeria y el descubrimiento del símbolo en el anillo del alcalde no dejaban de dar vueltas en su cabeza. A las cinco de la mañana ya estaba sentado en la cocina, con una taza de café frío entre las manos, mirando por la ventana hacia el bosque.
Johanna bajó poco después, envuelta en una bata. Se sentó frente a él y le tomó las manos.
—No puedes cargar con esto solo, amor. Ya no tienes treinta años.
Mateo sonrió con tristeza.
—Precisamente por eso tengo que