Valeria llegó a la biblioteca con ojeras profundas y el cuello completamente cubierto por un pañuelo negro. Apenas había dormido tres horas y sentía el cuerpo agotado, como si hubiera corrido una maratón.
Doña Rosa la miró desde el mostrador y solo negó con la cabeza. No dijo nada. No hacía falta.
A las diez de la mañana, Mateo entró. Tenía el rostro serio y los ojos rojos, como si tampoco hubiera dormido mucho. Se acercó al mostrador y habló sin rodeos:
—Necesito hablar contigo. Ahora.
Valeria