La camioneta de Mateo subió por el camino de tierra que serpenteaba entre los pinos. Habían salido del pueblo a las seis de la mañana y ya eran casi las ocho y media. Valeria iba en silencio, mirando por la ventana mientras las marcas plateadas le ardían bajo el suéter grueso.
—Estás muy callada —dijo Mateo, lanzándole una mirada rápida.
—Solo estoy cansada —respondió ella sin apartar la vista del paisaje.
La verdad era que apenas había dormido. Kael la había mantenido despierta casi toda la no