Dos semanas después, un viernes por la tarde, Mateo esperaba frente a la biblioteca con las manos en los bolsillos. Vestía una camisa gris oscura y jeans negros. Estaba nervioso, pero no como antes. Esta vez era un nerviosismo distinto, casi agradable.
Luna salió a las 6:05 pm. Llevaba un vestido azul marino sencillo, una chaqueta clara y el cabello suelto. Cuando lo vio, sonrió con timidez.
—Llegué tarde, perdón.
—Llegaste perfecta —respondió Mateo con una sonrisa suave.
Caminaron juntos hacia