Mateo estaba terminando de poner la mesa cuando sonó el timbre. Miró el reloj: exactamente a las ocho. Se secó las manos en un trapo y fue a abrir.
Luna estaba parada en la puerta con una sonrisa nerviosa. Llevaba un vestido negro sencillo que le quedaba perfecto, el cabello suelto y un pequeño ramo de flores blancas en la mano.
—Hola —dijo ella, un poco sonrojada—. Te traje esto.
Mateo tomó las flores con una sonrisa.
—Gracias. Estás hermosa.
La hizo pasar. Luna miró alrededor con curiosidad.