El pacto se selló con un silencio que pesaba más que cualquier palabra.
Lucía se quedó de pie en el centro del Rincón de los Tres, con la mano aún hormigueando por el contacto con Victoria. La marca negra en su cuerpo ardía como fuego líquido, extendiéndose por su cuello y bajando hacia el pecho en venas oscuras que palpitaban con vida propia. Su madre, Valeria, la observaba desde la puerta, con el rostro pálido y las manos temblando.
—Lucía… ¿qué has hecho? —preguntó con voz rota.
Lucía tardó