Lucía despertó con un grito ahogado.
Estaba en su habitación de la biblioteca, sudando frío, con el corazón latiéndole como si quisiera salirse del pecho. La marca negra en su cuerpo ya no ardía, pero sentía su presencia como un segundo pulso, lento y constante, debajo de su piel.
Se sentó en la cama y se miró la muñeca. La rosa negra seguía allí, más nítida que nunca, con pétalos que parecían moverse ligeramente bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.
—¿Dormiste mal, bisnieta? —susu