Cincuenta años después de la partida de Lucía, la biblioteca Valeria Solís ya no era solo un edificio. Era un monumento vivo, un santuario que atraía a personas de todo el país en busca de paz, palabras y sanación.
Valeria Rivera, ahora con sesenta y siete años, era la actual directora. Había dedicado su vida al lugar que su abuela y su madre habían protegido con tanto amor. Su cabello plateado caía en ondas suaves sobre sus hombros, y en su muñeca izquierda aún brillaba la pequeña rosa blanca