Veinticinco años después de la partida de Lucía, la biblioteca Valeria Solís seguía siendo el corazón palpitante del pueblo. Las rosas blancas del Jardín de las Cuatro Generaciones florecían con una intensidad casi mágica, como si el lugar mismo se negara a dejar que el tiempo las marchitara. Los niños del pueblo lo llamaban “El Jardín de las Abuelas” y muchos juraban que, si se quedaban en silencio el tiempo suficiente, podían escuchar risas suaves entre las enredaderas.
Sofía Rivera, ahora co