Doce años después.
Era una mañana de domingo cuando Luna, ya con 19 años, bajó las escaleras de la casa con una carta en la mano. Tenía los ojos rojos y temblaba ligeramente.
Encontró a su padre en la cocina, preparando el desayuno.
—Papá… —dijo con voz quebrada.
Mateo se giró y al ver su expresión, dejó todo de inmediato.
—¿Qué pasó?
Luna le extendió la carta.
—La encontré debajo de mi puerta esta mañana. No tiene remitente… pero es de ella.
Mateo sintió que el corazón se le detenía por un seg