Los meses siguientes pasaron como una brisa suave.
La biblioteca seguía siendo el corazón del pueblo. Cada mañana, Mateo bajaba temprano, abría las puertas y se sentaba en su sillón de siempre con un café en la mano. Ya no revisaba las sombras en los rincones. Ya no escuchaba pasos donde no debía haberlos. Solo disfrutaba el olor a libro viejo y el sonido de las páginas que se volvían.
Una tarde de otoño, mientras el sol pintaba todo de naranja, Mateo terminó de escribir el último capítulo de s