Mateo despertó con una sensación extraña. No era miedo, tampoco tristeza. Era una mezcla de nostalgia y paz que nunca había sentido antes.
Se tocó el pecho y sintió el relicario bajo su camisa. La pequeña piedra plateada estaba tibia, como si tuviera vida propia. Sonrió suavemente y se levantó de la cama con más energía de la que había tenido en meses.
Johanna ya estaba en la cocina preparando el desayuno. Cuando lo vio entrar con el relicario visible sobre la camisa, levantó una ceja.
—¿No te