El sol se filtraba con pereza entre las cortinas de la habitación. José Manuel ya estaba despierto, arreglándose la camisa frente al espejo, cuando escuchó el primer gruñido de protesta desde la cama.
—Cinco minutos más… solo cinco —murmuró Samuel, enredado entre las sábanas, con el cabello revuelto y la voz adormilada.
José sonrió. Caminó hacia él y se sentó a su lado en el colchón, acariciándole suavemente la espalda.
—Vamos, ninja dormilón. Es lunes, y los valientes van al colegio.
Samuel se