El martes terminó como suelen terminar los días intensos: con el peso de las horas colgado de los hombros. Eliana llegó a casa cuando el sol ya se había escondido, y lo primero que sintió al entrar no fue cansancio, fue una extraña nostalgia tibia.
El silencio de su hogar contrastaba con el eco reciente de risas, pasos pequeños, galletas quemadas y una película incompleta. Aún podía ver la silueta de Samuel corriendo por el pasillo, escucharse a sí misma decir “¡cuidado con la alfombra!”, y ole