La tarde avanzaba con lentitud, como si cada minuto quisiera arrastrar el peso del día. Eliana había regresado a casa temprano. No era habitual, pero sentía que su mente no podía con más reuniones, más informes ni más pensamientos enredados.
Se quitó los tacones apenas cruzó la puerta, dejando que sus pies tocaran el suelo frío con libertad. Soltó el cabello, se preparó una taza de té y caminó hacia la sala sin prisa. El silencio del hogar contrastaba con el bullicio emocional que aún hervía en