El cielo lucía despejado aquella mañana, pero dentro de la mansión se respiraba una pesadez indescriptible. Desde temprano, José Manuel había intentado animar a Samuel para que bajara a desayunar, pero el niño, de rostro pálido y ojos hinchados por la falta de sueño, permanecía en silencio, absorto en sus pensamientos, con el cuerpo ligeramente encorvado sobre la silla del comedor.
José Manuel colocó una taza de chocolate caliente frente a él y se sentó a su lado. Intentó una sonrisa, aunque le