El sol apenas comenzaba a colarse por la ventana del cuarto donde Samuel había estado durmiendo estos últimos días. Las cortinas no lograban detener del todo la claridad que ya pintaba las paredes de un tono cálido y suave. José Manuel, de pie en la entrada del cuarto, observaba a su hijo sentado al borde de la cama, todavía en pijama, con la mirada fija en el suelo.
—¿Puedo pasar? —preguntó con cautela.
Samuel no contestó. Solo asintió sin mirarlo.
José Manuel caminó despacio hasta sentarse a