La mañana había amanecido con un extraño silencio, como si la casa misma presintiera lo inevitable. El sol se filtraba tímido entre las cortinas, iluminando de forma tenue la sala que hasta hacía pocas horas albergaba risas, pasos, juegos y alguna que otra conversación incómoda.
Eliana salió del cuarto donde Samuel se había estado quedando. Lo había acompañado a recoger las últimas cosas que aún estaban dispersas: un libro sobre el buró, su osito de peluche olvidado bajo la almohada, y una chaq