El reloj marcaba la una de la tarde cuando la habitación volvió a sumirse en silencio. María José había comido un poco, más por insistencia de Isaac que por hambre. Él seguía a su lado, atento, con esa paciencia suave que tanto la reconfortaba.
El sol del mediodía seguía colándose por la ventana, creando sombras tibias sobre la colcha blanca. Isaac acomodaba los cojines cuando notó que ella lo observaba en silencio, con una expresión distinta. Algo en su mirada era más turbio, más inquieto.
—¿E