La lluvia golpeaba suavemente los ventanales de la clínica, pintando de gris la mañana. Isaac estaba junto a la cama, apoyado en el borde de una silla que se le había vuelto demasiado familiar. Llevaba días allí, observando cada pequeño gesto, cada movimiento de María José, acompañándola sin falta desde el accidente.
Ella estaba despierta. Lúcida. Pero su cuerpo aún era frágil, y su mente... su mente parecía caminar por senderos de cristal.
María José tenía los ojos puestos en el techo blanco.