La luz del sol se filtraba a través de las persianas, dorando con timidez los bordes de la habitación. María José estaba recostada, pero no dormía. Había permanecido en silencio varios minutos, perdida en sus pensamientos. Isaac, sentado junto a la cama, acariciaba con calma su mano, dándole ese espacio que ella necesitaba. Sabía que algo venía gestándose en su interior desde hacía horas.
—Isaac… —murmuró de pronto.
—¿Sí?
Ella desvió la mirada hacia la ventana.
—¿Te conté alguna vez cómo fue qu