El silencio del hospital parecía eterno. Afuera, el amanecer apenas comenzaba a asomar con su luz tímida. Pero en la habitación donde María José yacía en estado inconsciente, el tiempo se desdibujaba. Su cuerpo reposaba inmóvil sobre la cama, pero en su mente se libraba una batalla que nadie más podía ver.
En su sueño, todo era luz.
Un vasto jardín blanco se extendía a su alrededor. Las margaritas se mecían con la brisa suave, y el cielo era de un azul tan puro que dolía. Un arco iris brillante