Isaac apenas pudo parpadear. El corazón se le detuvo por un segundo, como si el tiempo entero se congelara junto a esa diminuta gota salada que acababa de resbalar por la mejilla de María José. Se quedó inmóvil, con los ojos desorbitados y el alma al borde del abismo. No fue su imaginación. Lo había visto. Una lágrima. Una lágrima real.
—¡Enfermera! —gritó de golpe, levantándose como impulsado por un resorte.
La puerta se abrió de inmediato. La enfermera que aún no se había ido volvió corriendo