La mañana era tibia y tranquila, con el sol asomándose entre las cortinas del salón. Eliana estaba recostada en el sofá de su nueva casa, observando las hojas danzar con el viento. Aún se sentía débil, pero dentro de sí algo le decía que ese día sería distinto. Su cuerpo lo presentía, aunque su memoria aún navegaba entre brumas.
Tocaron la puerta.
Isaac se levantó y fue a abrir. José Manuel apareció con Samuel de la mano. El niño, como siempre, iba inquieto, con sus grandes ojos saltando de un