El cielo comenzaba a teñirse de tonos dorados y rosados cuando el automóvil negro atravesó el extenso camino de piedras blancas que conducía a la gran mansión. Samuel, con la nariz pegada a la ventanilla, observaba con los ojos muy abiertos, llenos de asombro y emoción.
—¡Papá! ¡Ya llegamos! —exclamó, rebotando en su asiento—. ¡Es mi casa!
José Manuel sonrió mientras aparcaba frente a la entrada principal.
—Sí, hijo. Estamos en casa.
Samuel bajó del auto incluso antes de que el chofer pudiera a