Samantha subió las escaleras con pasos apresurados, casi arrastrando los pies de la rabia que la devoraba por dentro. Cerró la puerta de su habitación con un portazo seco que retumbó en las paredes del pasillo. Su respiración era agitada, su pecho subía y bajaba con fuerza mientras se abrazaba a sí misma con los brazos cruzados.
—¡Maldita sea! —espetó en voz baja, caminando de un lado a otro, completamente alterada.
Apretó los labios, conteniendo un grito. Sentía que ardía por dentro. José Manu