No me debe nada.
Amanda tardó un par de segundos en recordar cómo se caminaba “normal” después de un baile así.
No por el vals en sí, sino por lo que había pasado dentro de él: Daniel hablando bajito con veneno, su mano en la cintura con esa falsa cortesía, la necesidad de sonreír mientras por dentro se repetía “no le des el gusto, no le des el gusto”.
Apenas dio el primer paso hacia las escaleras del segundo nivel, la gente empezó a interceptarla.
—¡Seño