Ethan le dio un trago a su copa sin alzar los ojos.
Desde fuera parecía calma. Esa clase de distancia que solo los hombres educados en salones de apellido largo saben fingir sin que les tiemble la mano.
Por dentro, en cambio, era un incendio bien entrenado.
Amanda lo sintió incluso antes de pensarlo. Algo se le apretó en el estómago, no como celos ni como inseguridad, sino como esa intuición incómoda que aparece cuando el