Mi mano derecha.
Amanda respiró hondo cuando Aaron Stanford formuló aquella pregunta que cayó como un peso frío sobre la mesa.
No quería volver atrás.
No quería abrir esa herida frente a tres hombres que apenas conocía.
Pero entendía que era inevitable en algún punto.
¿Que qué podía decirles?
Que la recepcionista de Daniel había hecho de su vida un infierno, intoxicando el ambiente con chismes