Era él.
Amanda salió de la casa con los nervios en la piel, como si el aire de la sala ya no le alcanzara, y se quedó un instante en el umbral, escaneando el jardín, la entrada, el camino de grava, el lugar exacto donde Cecilia juró haber visto al hombre del paquete.
Nada.
Ni un auto encendido, ni un chofer esperando, ni una silueta alejándose con prisa. Solo el sonido de la