El coche de Quiroga devoraba el asfalto en la oscuridad.
Íbamos en el asiento trasero. Sebastián miraba por la ventanilla con la mandíbula tensa y los puños apretados sobre las rodillas. No decía nada. No le hacía falta decir nada. Conocía ese silencio. Era el silencio del cazador antes de disparar. Yo no apartaba la mano de la suya porque, aunque él no lo dijera, yo también necesitaba sentirle cerca.
—Diez minutos —anunció Quiroga desde el volante—. El apartamento está en un edificio de tres p