La mañana después de la sentencia amaneció con olor a torrijas.
La madre de Sebastián se había levantado antes que nadie y había preparado un desayuno especial. El aroma a canela y azúcar quemada se colaba por toda la planta baja, mezclándose con el café recién hecho y el pan tostado. Hacía semanas que la cocina no olía así. Hacía semanas que nada olía a hogar.
—Hoy hay que celebrar —dijo, colocando una fuente humeante sobre la mesa—. Las pequeñas victorias también merecen un banquete.
—No es p