El interrogatorio al jardinero duró menos de una hora.
Quiroga lo tenía sentado en la caseta de seguridad, bajo una luz blanca que le hacía sudar la frente. Era un hombre joven, de manos callosas y mirada escurridiza. Olía a tierra húmeda y a miedo. Al principio lo negó todo. Dijo que él solo podaba los setos, que no sabía nada de fotos ni de ventanas forzadas. Pero Quiroga, con esa calma implacable que lo caracterizaba, le mostró una captura de pantalla de su teléfono. Una transferencia de qui