El desayuno fue un funeral sin muerto.
Nadie hablaba. Nadie reía. La madre de Sebastián había preparado té y tostadas, pero las tazas se quedaron llenas y el pan se enfrió sobre la mesa. Adrián no se había separado de Sofía en toda la noche. Tenía ojeras y el gesto tenso de quien no ha dormido ni un minuto, de quien ha pasado horas vigilando la respiración de su hija.
La pequeña, ajena al miedo que nos envolvía, dibujaba un pez naranja en su cuaderno, sacando la punta de la lengua mientras colo