Los días siguientes fueron extraños.
No pasaba nada, y a la vez pasaba todo. La mansión seguía en pie, los guardias patrullaban, las cámaras funcionaban. Pero ya no había sirenas, ni registros policiales, ni mensajes amenazantes en mi teléfono. Solo el tictac lento del reloj del salón, marcando un tiempo que parecía haberse detenido.
—No soporto la espera —le confesé a Valeria una tarde, mientras tomábamos café en la terraza del ala oeste.
—A mí me pasa lo contrario —respondió ella, removiendo