El sonido de las sirenas me atravesó como un cuchillo.
Me incorporé en la cama de golpe. El lado de Sebastián estaba vacío. Las sábanas, frías. Llevaba horas fuera. Me puse lo primero que encontré —unos vaqueros y la camiseta de él, la que había dejado sobre la butaca la noche anterior— y bajé las escaleras descalza. El mármol helado me quemaba las plantas de los pies, pero no me importó.
En el salón principal, Adrián sostenía a Sofía contra su pecho. La niña tenía la cabeza hundida en el hombr