La muñeca me miraba con sus ojos de cristal.
La sostuve entre las manos, sintiendo el frío de la porcelana, y por un instante me pareció que aquellos ojos inertes me acusaban de algo. Como si la muñeca supiera lo que se avecinaba y yo no.
—Luna.
La voz de Sebastián me sacó del trance.
—Dame eso —dijo, tendiendo la mano.
Le entregué la muñeca. Él la examinó con la misma frialdad con la que revisaba un contrato, girándola entre los dedos, inspeccionando cada costura del vestido blanco, cada onda