La habitación quedó en silencio después de que la enfermera se retirara. El único sonido era la respiración pausada de Matías, que seguía dormido sobre mi pecho, y el pitido lejano de algún monitor en el pasillo. La luz del amanecer se filtraba por las cortinas, teñida de un dorado pálido que envolvía la escena como si el mundo entero hubiera decidido detenerse para contemplarnos.
Sebastián no se había movido de su silla. Pero sus ojos no estaban en mí. Estaban en Matías. Lo observaba con una i