El sol ya estaba alto cuando la puerta de la habitación se abrió y Don Ernesto entró en silla de ruedas, empujado por Quiroga. Su manta descansaba sobre sus piernas y sus ojos azules, buscando a Matías nada más cruzar el umbral. No dijo nada durante los primeros segundos. Se quedó inmóvil, mirando el bulto que sostenía entre mis brazos, como si estuviera contemplando algo sagrado.
Sebastián se levantó y se acercó a su abuelo. No dijo nada. Solo le puso una mano en el hombro y se inclinó para da