CAPÍTULO 111: MATÍAS

La habitación del hospital era un remolino de luces y sonidos cuando el doctor Herrera entró, pero yo apenas lo noté. Todo mi mundo se había reducido a la presión que crecía en mi vientre y a la mano de Sebastián, firme y cálida, que no me soltaba desde que habíamos llegado.

—La dilatación está completa —dijo la enfermera, con una voz que parecía venir de muy lejos—. Es hora.

Sebastián me miró. Sus ojos verdes estaban húmedos, pero su mirada era firme. Su mano apretó la mía con una fuerza que m
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