Catorce años después de la muerte de Luna, Ashford llevaba huellas de su legado: la Fundación Luna Silva había ayudado a miles de víctimas de abuso, tortura y tráfico de menores, y el juicio contra los Vidal había marcado un hito en la historia judicial de la ciudad. Ethan, ahora cincuenta años, dirigía la fundación con rigor y tristeza, su rostro marcado por arrugas que hablaban de culpa y dedicación. Cada mañana, antes de ir a la oficina, visitaba la tumba de Luna, donde el césped estaba siem