6El sol se levantó sobre Ashford con un resplandor frío, como si el cielo mismo sintiera el vacío que había dejado Luna. Ethan permanecía sentado en la habitación del hospital, sus manos aún agarradas a las de ella—frías, marcadas por cicatrices, sin uñas, las manos que alguna vez habían hecho vibrar violines hasta mover al alma. El médico había salido hace media hora, dejando la noticia colgada en el aire: “Ha pasado”. Pero Ethan no podía creerlo; seguía esperando que ella abriera los ojos, qu