El motor del Porsche Carrera rugía bajo mis pies mientras me alejaba de la mansión Volkov. Cada kilómetro que ponía de distancia entre Valerius y yo se sentía como una capa de piel muerta que se desprendía. No tenía un destino fijo, pero tenía algo mejor: recursos y una rabia que quemaba más que el sol de mediodía.
Mi teléfono vibró en el asiento del copiloto. Un mensaje de Iván Romanov:
"El abogado te espera en el 'Club de Yates'. Mesa 4. No llegues tarde, Alessandra. A los tiburones no les gu