El trayecto de regreso a la mansión fue un funeral en vida. Dante conducía en un silencio sepulcral, con las manos apretando el volante hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Yo permanecía en el asiento trasero, envuelta en mi propia piel, ignorando la chaqueta que él finalmente me había obligado a usar. El olor a gardenias baratas del saco de Valerius parecía habérseme quedado pegado en las fosas nasales, una infección que ninguna ducha podría borrar.
Llegamos a la propiedad de los Volkov