El gas verde, denso y con un olor dulzón que recordaba a las almendras amargas, empezó a reptar por el suelo de mármol como una serpiente hambrienta. Mila sentía que sus pulmones se cerraban por puro instinto. A tres metros, Dante jadeaba en el suelo, su mano apretando el hombro ensangrentado donde la b@la de su padre lo había marcado.
—¡La máscara, Mila! —rugió Dante, su voz rompiéndose—. ¡Póntela y sal de aquí! ¡Vittorio no se detendrá!
Mila se lanzó bajo la terminal y encontró el estuche de