El despertar de Mila no fue en una cama de hospital, sino en el asiento trasero de un todoterreno blindado que subía por las carreteras serpenteantes de los Alpes. El aire que entraba por la rendija de la ventanilla era gélido, pero limpio de gas tóxico. A su lado, Dante dormía un sueño inquieto, con el torso vendado y el rostro pálido bajo la luz de la luna.
Mila se tocó el cuello. Sentía un vacío punzante donde antes estaba la certeza de quién era su madre.
—Has despertado —la voz de Elena ll