Andrew
Nunca debí dejarla entrar.
Eso es lo primero que pienso cuando cierro la puerta detrás de Eva y el ruido del pasillo desaparece, dejándonos solos en una habitación que todavía huele a flores frescas, a trajes nuevos y a promesas que no estoy seguro de poder cumplir.
Pero ya está aquí.
Y cuando Eva está frente a mí, siempre olvido lo que debo hacer.
No dice nada al principio. No me reclama. No llora. No me acusa.
Eso sería más fácil.
Se queda de pie, observándome como si el mundo se hubiera detenido solo para nosotros dos. Como si el tiempo no estuviera avanzando hacia el altar, hacia el desastre.
—Andrew —digo su nombre en mi cabeza antes de pronunciarlo en voz alta—. No deberías estar aquí.
Ella sonríe apenas.
Una sonrisa mínima, peligrosa.
—Tú tampoco deberías estarlo —responde.
La miro. De verdad la miro.
El vestido que lleva no es provocador, pero en ella todo lo es. El cansancio no la hace menos hermosa; la vuelve más real. Sus ojos están oscuros,