Andrew
El día antes de la boda no se parece a nada de lo que imaginé.
No hay nervios alegres ni listas interminables ni llamadas caóticas. Hay silencio. Un silencio espeso que se me pega a la piel mientras conduzco hacia el apartamento de Hellen con la sensación de que estoy entrando a un lugar que ya no reconozco.
El edificio es el mismo. El portero me saluda igual. El ascensor sube con la misma lentitud de siempre. Todo es idéntico, y sin embargo yo no lo soy.
Cuando la puerta se abre, Hellen me recibe con una sonrisa que parece ensayada. Lleva ropa cómoda, el pelo recogido de forma descuidada, sin maquillaje. Esa versión doméstica que siempre fue su arma más efectiva. La que hacía creer que todo estaba bien incluso cuando no lo estaba.
—Llegaste —dice, como si me hubiera estado esperando todo el día.
—Sí.
Me inclino para besarla en la mejilla. Ella gira el rostro y me busca la boca. No retrocedo, pero tampoco respondo. Es un beso breve, correcto, sin intención. Hellen no lo com